El verano también puede aumentar la vistopía (y no estás exagerando)

El verano suele asociarse con descanso, vacaciones y desconexión. Sin embargo, para muchas personas veganas ocurre justo lo contrario. Hay una sensación difícil de explicar que aparece con más intensidad durante estos meses. Como si aquello que normalmente consigues sostener durante el año se hiciera mucho más presente.

No es casualidad.

En consulta, muchas personas me cuentan que el verano es una de las épocas en las que más rabia, tristeza o impotencia sienten. Algunas incluso llegan a preguntarse si se están volviendo demasiado sensibles o si deberían aprender a «no darle tantas vueltas».

Pero quizá no se trate de eso.

Quizá lo que está ocurriendo es que el verano reúne muchas situaciones que activan aquello que ya explicábamos cuando hablábamos de la vistopía: el dolor de vivir en un mundo que trata a los animales de una forma profundamente alejada de nuestros valores.

Si todavía no conoces este concepto, te recomiendo leer primero el artículo sobre vistopía y salud mental en el veganismo, donde explico con más profundidad de qué hablamos cuando utilizamos esta palabra. Hoy quiero centrarme en otra pregunta: ¿por qué el verano parece hacerlo todo más intenso?

¿Por qué la vistopía en verano suele intensificarse?

No es que haya más sufrimiento animal, es que resulta mucho más difícil no verlo

El sufrimiento animal no aparece solo en verano.

Los mataderos siguen funcionando.

La industria láctea continúa igual.

La experimentación animal no se detiene.

La caza no desaparece.

Entonces, ¿por qué precisamente estos meses pueden remover tanto?

Porque el sufrimiento cambia de escenario.

Empieza a ocupar espacios donde se supone que deberíamos estar descansando.

Quizá vas a las fiestas de un pueblo y descubres que incluyen correbous u otros espectáculos con animales.

Quizá ves caballos trabajando durante horas bajo temperaturas extremas para pasear turistas.

Quizá aparecen noticias sobre incendios forestales y apenas se menciona a los miles de animales salvajes que han muerto atrapados entre las llamas.

Quizá visitas una playa y observas cómo las personas invaden zonas de nidificación para conseguir una fotografía o acercarse a un animal salvaje.

O quizá simplemente aumenta la cantidad de contenido que llega a tus redes sociales: abandonos de animales antes de las vacaciones, rescates, denuncias o campañas de sensibilización.

Todo eso hace que el sistema nervioso tenga menos momentos de descanso.

No porque tú estés buscando el sufrimiento.

Sino porque parece aparecer allí donde esperabas encontrar tranquilidad.

También aumenta el choque con otras personas

Hay otro aspecto del que se habla mucho menos.

Durante el verano solemos pasar más tiempo con familiares, amistades o compañeros de viaje.

Y eso significa que aumentan las ocasiones en las que nuestros valores chocan con los de quienes nos rodean.

Puede que el grupo quiera ir a una feria donde hay animales utilizados como entretenimiento.

Puede que elijan un restaurante sin ninguna opción vegana.

Puede que alguien haga una broma sobre el veganismo mientras todos ríen.

O que te propongan una actividad que para ti resulta incompatible con el respeto hacia los animales.

Ninguna de estas situaciones, por sí sola, tiene por qué generar un gran malestar.

Pero cuando se acumulan, muchas personas empiezan a sentir que viven el verano desde un lugar completamente distinto al de quienes las acompañan.

Y entonces aparece una sensación muy conocida.

«Parece que solo lo veo yo.»

Muchas veces no duele solo lo que ocurre. Duele sentirte sola con ello.

Esta es una de las partes más importantes.

Cuando hablamos de vistopía solemos pensar en el sufrimiento animal.

Sin embargo, en consulta muchas veces descubrimos que lo que más pesa no es únicamente lo que sucede con los animales.

También pesa la soledad.

Sentir que tienes que callarte para no estropear el ambiente.

Que eres «la intensa» del grupo.

Que nadie parece entender por qué una noticia te ha dejado triste todo el día.

Que las personas que quieres siguen disfrutando de actividades que a ti te resultan dolorosas.

Los seres humanos regulamos nuestras emociones en relación con otras personas.

Cuando compartimos una experiencia y nos sentimos comprendidas, el malestar suele disminuir.

Cuando sentimos que estamos solas con esa experiencia, el sufrimiento aumenta.

Por eso muchas personas describen que lo más difícil del verano no son los correbous, los incendios o los comentarios.

Lo más difícil es no tener un lugar donde poder decir: «Esto me está doliendo» sin que alguien responda «no pienses tanto».

Antes de preguntarte qué hacer, pregúntate qué necesitas

Cuando aparece el malestar solemos buscar soluciones rápidas.

  • ¿Cómo dejo de sentir esto?
  • ¿Cómo hago para que no me afecte tanto?

Sin embargo, quizá haya una pregunta más útil.

  • ¿Qué necesidad hay debajo de esta emoción?

Porque no todas las personas necesitan lo mismo.

Si te duele llegar a un restaurante y descubrir que nadie ha pensado en buscar opciones veganas, quizá lo que necesitas no sea solo comida.

Quizá necesites sentir que tu forma de vivir también merece ser tenida en cuenta.

Si lo que más te remueve son las fiestas populares con animales, quizá necesites protegerte de determinadas situaciones.

Si acabas agotada después de unos días de vacaciones con otras personas, puede que tu sistema nervioso te esté pidiendo más momentos de calma y menos exposición.

Y si lo que más pesa es la sensación de que nadie te entiende, probablemente la necesidad tenga más que ver con encontrar espacios de pertenencia que con convencer al resto del mundo.

Poner nombre a esa necesidad cambia completamente la forma de cuidarnos.

No siempre puedes cambiar el contexto, pero sí puedes cuidar cómo te relacionas con él

A veces podrás negociar.

Proponer otro restaurante.

Elegir otra actividad.

Explicar por qué una determinada propuesta te resulta difícil.

Otras veces la mejor opción será retirarte.

No asistir a una fiesta.

No entrar en una discusión que sabes que no te hará bien.

No exponerte constantemente a vídeos o imágenes especialmente duras.

Y habrá momentos en los que el cuidado tenga que empezar contigo.

Dándote permiso para descansar sin sentir culpa.

Recordando que no necesitas consumir todas las noticias para seguir comprometida con los animales.

El activismo también necesita descanso.

Y las personas que sostienen ese activismo, todavía más.

Cuidarte también forma parte de cuidar a los animales

Existe una idea muy extendida de que descansar es una forma de mirar hacia otro lado.

Sin embargo, pocas personas pueden sostener durante años una exposición continua al sufrimiento sin acabar profundamente agotadas.

Cuidar de tu salud mental no significa dejar de ser coherente con tus valores.

Significa reconocer que tú también formas parte de esa ecuación.

Porque una sociedad más compasiva necesita personas capaces de sostener esa compasión sin romperse por el camino.

Si este verano sientes que la tristeza, la rabia o la impotencia están ocupando demasiado espacio, quizá no necesites dejar de sentir.

Quizá necesites dejar de vivir todo eso en soledad.

Y, a veces, encontrar un lugar donde poder hablar de ello sin tener que justificar por qué te afecta puede marcar una gran diferencia.

Referencias

Mann, C. (2018). Vystopia: The Anguish of Being Vegan in a Non-Vegan World.

Veitch, P., & Gregson, R. (2025). The Psychosocial Experience of Vystopia. Psychology of Human-Animal Intergroup Relations.

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