Hace poco tuve la oportunidad de participar en el podcast La Manada, gracias a Marcelo, que me abrió generosamente su espacio para hablar de un tema urgente y que afecta profundamente a muchas de nosotras: el quemado por compasión en activistas veganas.
Quienes militamos por los derechos de los animales —ya sea desde la acción directa, el rescate, la denuncia, la educación o incluso desde la presencia cotidiana en un entorno no vegano— estamos expuestas a niveles de exigencia y desgaste emocional que muchas veces no sabemos nombrar, pero que se manifiestan en forma de agotamiento, apatía, tristeza crónica o desconexión.
¿Qué es la fatiga por compasión en activistas veganas?
La fatiga por compasión es un tipo de desgaste emocional que se produce cuando nuestras labores nos exponen continuamente al sufrimiento ajeno, en este caso, al de los animales no humanos. Es algo que vemos con frecuencia en activistas veganas que, por compromiso y sensibilidad, acaban entrando en un déficit de recursos personales.
La estructura típica que nos lleva a ese agotamiento es la siguiente:

- una estructura de trabajo informal o desbordada,
- una exposición continuada al sufrimiento,
- y una autoexigencia muy alta.
Cuando estas tres piezas se combinan, el resultado suele ser una pérdida progresiva de energía, motivación y salud mental.
«Si no te quieres cuidar por ti, cuídate por los animales a los que quieres ayudar, porque es imprescindible.»
Las fases del quemado por compasión
Esta fatiga suele manifestarse en fases. En 2018, Baranowsky y Gentry las describieron de la siguiente manera:

- Fase fanática: entusiasmo absoluto, queremos hacerlo todo, estar en todos los frentes.
- Fase de irritabilidad: nos empezamos a sentir tensas, impacientes, reactivas.
- Fase de aislamiento: empezamos a alejarnos del activismo o del entorno que antes nos nutría.
- Fase zombi: entramos en automático. Seguimos, pero sin conexión emocional.
En consulta veo a muchas personas activistas que llegan ya a la tercera o cuarta fase, creyendo que “esto es lo normal” o que “ya se les pasará”. Pero no, esto no es lo normal ni saludable. Esto es una señal de alerta.
El activismo: diferenciar lo pasivo de lo activo
Algo que me parece fundamental señalar es que el activismo no es una única cosa. No todo activismo implica estar en la calle, hacer rescates o sostener redes sociales con contenido crudo. Ser una persona vegana, en sí misma, ya supone un tipo de activismo, lo que yo considero un activismo pasivo.
Solo con existir en un entorno especista, ya estamos generando una incomodidad, ya estamos señalando una violencia estructural. Esa sola presencia, ese plato distinto en la comida familiar, ya es un acto político.
Y luego está el activismo activo, que es el que elegimos ejercer de forma más directa: las protestas, las charlas, los rescates, las campañas. El error aparece cuando creemos que solo el activismo activo “vale” y que si no estamos todo el día haciendo cosas por los animales, entonces no somos suficientes.
Los desafíos específicos del activismo vegano
En una encuesta que realizamos recientemente desde Mis Psicólogas Vegana, en el marco de un curso que estamos organizando junto a FADA, más de 100 personas rescatistas compartieron con nosotras los desafíos que enfrentan en su día a día.

Pudimos agruparlos en tres grandes bloques:
- Dificultades propias del rescate: heridas, accidentes, situaciones límite.
- Falta de apoyo social e institucional: leyes que no acompañan, entornos que invalidan.
- Violencias explícitas: amenazas, represalias, incluso daño a animales propios.
No solo hacemos una labor emocionalmente exigente, sino que lo hacemos en un entorno que nos pone trabas, nos invisibiliza o directamente nos agrede. Y a veces, incluso dentro del propio activismo, sufrimos hostilidad horizontal: juicios, competitividad, señalamientos por no ser “lo suficientemente veganas”.
Cuidarnos para cuidar
Lo repito mucho y lo seguiré haciendo: el autocuidado no es un capricho, es una necesidad estructural del activismo. Si queremos seguir defendiendo a los animales, necesitamos poder sostenernos a nosotras mismas. No podemos dar si estamos vacías.
Necesitamos estructuras de activismo sostenibles
En muchos grupos activistas no hay estructura. Todo se resuelve de forma improvisada, sin límites, sin claridad en los roles. Esto genera sobrecarga, malentendidos y mucho desgaste. La profesionalización del activismo —sin perder su esencia— es una forma de cuidarnos.
Organizarnos mejor, definir quién hace qué, establecer horarios, turnos, protocolos, ayuda muchísimo. No se trata de burocratizar, sino de hacerlo más sostenible para todas.
Necesitamos reducir la exposición constante al sufrimiento
Vivir permanentemente rodeadas de imágenes, noticias o conversaciones que nos conectan con la violencia hacia los animales nos sobreestimula emocionalmente. Esto no significa mirar hacia otro lado, sino entender que no podemos con todo todo el tiempo.
Poner límites a los grupos de WhatsApp, a los contenidos que vemos en redes, a las conversaciones fuera de los espacios de activismo, es cuidar nuestra salud mental. Porque estar todo el rato en contacto con lo perturbador no hace que seamos más eficaces, al contrario: nos desgasta y nos paraliza.
Necesitamos revisar la autoexigencia
La autoexigencia es una de las trampas más extendidas entre activistas veganas. Nos decimos cosas como “no es suficiente”, “tengo que hacer más”, “si descanso, soy egoísta”. Este diálogo interno nos empuja a intentar dar el 300%, cuando en realidad ya estamos en números rojos.
Un ejercicio que propuse en el podcast fue imaginar nuestras manos abiertas con los dedos extendidos, y asignar a cada dedo un recurso personal: energía, tiempo, dinero, espacio emocional. Y luego, ir quitando dedos a medida que pensamos en lo que hacemos a diario. ¿Cuántos dedos te quedan para el activismo?
Si la respuesta es “ninguno”, es hora de revisar.
Cuidarnos también es parte de la lucha
Creo que como activistas veganas necesitamos recuperar la mirada compasiva hacia nosotras mismas. Porque si bien el foco está puesto en los animales —y con razón—, no podemos seguir cuidando si nos rompemos en el proceso.
Y también necesitamos tejer comunidad. Espacios donde poder hablar de esto sin sentir que estamos fallando. Donde podamos llorar, descansar, replantear, y volver a empezar, si hace falta, desde otro lugar.
¿Cómo prevenir el desgaste emocional?
Entre las herramientas que se comparten en el episodio:
- Llevar un diario emocional
- Establecer límites claros (internos y externos)
- Participar en comunidades seguras y no violentas
- Escoger formas de activismo que den energía en vez de drenarla
- Separar tiempo de activismo de tiempo personal
- Aceptar que no podemos con todo, pero sí podemos con algo
- Pide ayuda si la necesitas 🙂
