El duelo animal es el proceso que podemos atravesar cuando muere un animal con quien manteníamos un vínculo significativo. Para quienes entendemos a los animales como seres sintientes, con intereses, personalidad y valor propio, su muerte no supone simplemente dejar de convivir con un animal: puede significar la muerte de un miembro de nuestra familia.
Nuestro dolor no depende únicamente de quién muere, sino también del vínculo que habíamos construido, del lugar que ese individuo ocupaba en nuestra vida y de las circunstancias que rodean su muerte.
Sin embargo, el duelo por un animal de familia tiene además una dificultad particular: no siempre recibe el mismo reconocimiento social que otros duelos.
Podemos estar atravesando una de las pérdidas más importantes de nuestra vida y encontrarnos, al mismo tiempo, teniendo que justificar por qué nos duele tanto.
Qué es el duelo y por qué no necesitamos patologizarlo
El duelo es una respuesta natural y adaptativa ante una pérdida significativa.
Puede aparecer tristeza, rabia, culpa, miedo, dificultad para concentrarnos, alteraciones del sueño, sensación de vacío, necesidad de hablar continuamente de quien murió o, por el contrario, momentos en los que necesitamos no pensar en ello.
También podemos sentirnos relativamente bien durante unas horas y volver a experimentar un dolor intenso después.
Nada de esto significa, por sí mismo, que tengamos un problema psicológico. Sentir mucho dolor no significa necesariamente estar haciendo un duelo complicado.
Esta distinción es importante porque vivimos en un momento en el que existe cierto riesgo de convertir experiencias humanas dolorosas en problemas que necesariamente necesitan tratamiento.
Y no todos los duelos necesitan psicoterapia.
A veces necesitamos tiempo. Necesitamos llorar. Necesitamos hablar. Necesitamos rituales. Necesitamos descansar. Y, especialmente, necesitamos que nuestro entorno reconozca que ha muerto alguien importante para nosotras.
Duelo animal: cuando nuestra pérdida no es reconocida
Kenneth Doka desarrolló el concepto de duelo desautorizado para referirse a aquellos duelos que no reciben suficiente reconocimiento o legitimidad social.
Y esto resulta especialmente relevante cuando hablamos de animales de familia.
Cuando muere una persona existen códigos culturales que reconocen la pérdida. Hay funerales, permisos laborales, llamadas, flores, rituales y preguntas sobre cómo estamos.
Cuando muere un animal podemos encontrarnos con:
- «Era solo un perro».
- «Puedes adoptar otro».
- «Por lo menos ha vivido muchos años».
- «¿Todavía estás así?».
- «No es lo mismo que perder a una persona».
Incluso podemos tener que acudir a trabajar unas horas después de su muerte y comportarnos como si nuestra vida continuase exactamente igual.
El problema no es únicamente que estos comentarios puedan resultar dolorosos. El reconocimiento social también es uno de los recursos que tenemos para elaborar una pérdida.
Cuando nuestro entorno reconoce que alguien importante ha muerto, nos ofrece espacios para hablar, llorar, recordar, descansar y reorganizarnos. Cuando no lo hace, al dolor de la ausencia puede sumarse una segunda experiencia: tener que defender la legitimidad de nuestro propio dolor.
Por eso es tan importante construir espacios en los que las familias multiespecie puedan ser reconocidas como tales.
Ya no entendemos el duelo como cinco etapas que hay que superar
Probablemente hayas escuchado alguna vez que el duelo tiene cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Este modelo procede del trabajo de Elisabeth Kübler-Ross y ha tenido una enorme influencia en nuestra manera cultural de comprender la muerte.
El problema aparece cuando convertimos esas etapas en una especie de itinerario obligatorio.
Primero niego -> Después me enfado -> Luego negocio -> Me deprimo -> Y finalmente acepto.
El duelo real rara vez funciona de una manera tan ordenada.
Podemos aceptar perfectamente que nuestro animal ha muerto y sentir rabia meses después. Podemos llorar intensamente una mañana y reírnos esa misma tarde. Podemos sentirnos en paz con una decisión de final de vida y, semanas después, volver a preguntarnos si hicimos lo correcto.
Eso no significa que hayamos «retrocedido una etapa».
Actualmente contamos con modelos más flexibles e integradores para comprender el duelo.
Las tareas del duelo de William Worden
Uno de ellos es el modelo de las tareas del duelo de William Worden.
En lugar de entender el proceso como una serie de estados emocionales por los que tenemos que pasar, Worden propone diferentes tareas que la persona va afrontando durante la elaboración de la pérdida.
De forma resumida, implican:
- aceptar la realidad de la pérdida;
- procesar el dolor;
- adaptarnos a un mundo en el que quien murió ya no está físicamente;
- encontrar una manera de mantener una conexión con quien murió mientras continuamos viviendo.
La diferencia puede parecer pequeña, pero conceptualmente es enorme.
No somos sujetos pasivos esperando a que vayan sucediéndose etapas. El duelo implica un proceso activo de reorganización.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que ha convivido quince años con su perro. Su muerte no implica únicamente aceptar cognitivamente que ha muerto.
Implica levantarse y que él no esté. Modificar los horarios. Dejar de administrar medicación. No preparar su comida. Encontrarse su cama vacía. Volver a casa y que nadie espere detrás de la puerta.
Construir una vida después de una pérdida también implica reorganizar cientos de pequeñas experiencias cotidianas.
¿Cuándo hablamos de un duelo complicado?
Que el duelo sea una experiencia natural no significa que nunca pueda complicarse.
Algunas circunstancias pueden dificultar especialmente su elaboración.
Por ejemplo:
- una muerte inesperada o traumática;
- haber presenciado sufrimiento intenso;
- accidentes;
- decisiones difíciles relacionadas con el final de vida;
- culpa persistente;
- conflictos familiares alrededor de la muerte;
- ausencia de apoyo social;
- pérdidas anteriores todavía muy presentes;
- experiencias traumáticas que se reactivan;
- aislamiento;
- dificultades persistentes para recuperar áreas importantes de nuestra vida.
Actualmente el DSM-5-TR incluye el trastorno de duelo prolongado y establece criterios relacionados con la duración, intensidad, interferencia funcional y contexto sociocultural.
¿Es imprescindible ir a terapia por la muerte de un animal?
No.
Y me parece importante decirlo claramente.
Ir a terapia no es una tarea más que tengas que cumplir para hacer correctamente tu duelo.
Muchas personas podrán elaborar la pérdida gracias a sus propios recursos, sus vínculos, rituales, espacios comunitarios y el paso del tiempo.
¿Cuándo puede ser útil?
La terapia puede ser útil cuando necesitamos algo que en ese momento no estamos encontrando fuera.
- Por ejemplo, cuando la culpa monopoliza el proceso.
- Cuando las circunstancias de la muerte fueron traumáticas.
- Cuando aparecen recuerdos intrusivos.
- Cuando sentimos que llevamos mucho tiempo completamente bloqueadas.
- Cuando la pérdida conecta con experiencias traumáticas anteriores.
O, simplemente, cuando necesitamos un lugar donde poder hablar de quien murió sin tener que explicar constantemente:
«Sí, pero era mi familia».
En esos casos, puede ser especialmente importante encontrar profesionales que comprendan el vínculo humano-animal y las familias multiespecie.
Si necesitas un acompañamiento psicológico donde tu relación con los animales sea comprendida desde el inicio, puedes conocer nuestro servicio de terapia para personas veganas y familias multiespecie
Aprender a vivir con la ausencia sin borrar el vínculo
Quizá una de las cosas más difíciles del duelo sea asumir que dos afirmaciones aparentemente contradictorias pueden ser ciertas al mismo tiempo:
esa relación ha terminado de una forma irreversible y ese vínculo sigue formando parte de mí.
No tenemos que olvidar. No tenemos que sustituir. Y tampoco tenemos que demostrar que hemos «superado» a quien murió dejando de emocionarnos cuando hablamos de él.
Podemos construir una vida en la que haya espacio para otras experiencias y, al mismo tiempo, conservar un lugar para ese individuo.
Nuestros animales forman parte de nuestra biografía. Han modificado nuestras rutinas, nuestras decisiones, nuestros vínculos y, en muchos casos, nuestra manera de entender a los demás animales.
Por eso el objetivo del duelo animal quizá no sea dejar atrás a quien murió. Puede ser aprender a vivir con su ausencia mientras integramos en nuestra propia historia todo aquello que construimos juntas.
Si estás atravesando esta pérdida y sientes que necesitas acompañamiento para hacerlo a tu ritmo, puedes reservar una primera cita con nuestro equipo
No necesitas justificar por qué te duele.

Preguntas frecuentes sobre el duelo por animales
¿Cuánto dura el duelo por un animal de familia?
No existe un tiempo universal. La duración e intensidad dependen del vínculo, las circunstancias de la muerte, nuestros recursos, otras experiencias vitales y el reconocimiento que encontremos en nuestro entorno.
¿Tengo que pasar por las cinco etapas del duelo?
No. Las cinco etapas de Kübler-Ross no deberían utilizarse como una secuencia obligatoria. Actualmente existen modelos más dinámicos que permiten comprender la oscilación y diversidad de experiencias durante el duelo.
¿Es normal seguir llorando meses después?
Sí. El paso del tiempo, por sí solo, no determina si un duelo es saludable o complicado. Necesitamos valorar globalmente cómo está evolucionando el proceso y su impacto en nuestra vida.
¿Necesito ir a terapia después de la muerte de mi animal?
No necesariamente. El duelo no es una enfermedad y muchas personas pueden elaborarlo con sus propios recursos y apoyo social. La terapia puede ser útil cuando necesitamos acompañamiento adicional.
¿Guardar sus cosas significa que no estoy aceptando su muerte?
No. Mantener objetos, fotografías, rituales o recuerdos puede formar parte de una relación simbólica continuada con quien murió y no implica necesariamente negar la realidad de su muerte.
¿Por qué siento que nadie comprende mi pérdida?
El duelo por animales puede convertirse en un duelo desautorizado cuando el entorno no reconoce la importancia del vínculo. Esa falta de legitimación social puede añadir soledad al propio dolor de la pérdida.